Josué Sánchez (Huancayo, 1945), renombrado pintor y escultor, egresado de
Son famosos sus
murales en
Con más de 2000 pinturas en su haber, sus obras figuran en galerías y museos del Perú y de Europa y ha expuesto en España, Alemania, Francia, Inglaterra y Suiza. Ha ilustrado, además, la carátula e interiores de más de cien libros de autores peruanos y extranjeros.
Considerado un experto en cultura andina, su trabajo artístico se ha extendido a la promoción cultural, consultoría, diseño y ejecución de proyectos en organismos gubernamentales, no gubernamentales y entidades internacionales, en razón a sus amplios conocimientos de ideología, sociedad, cosmovisión, arquitectura y cultivos andinos.
Diana Casas
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UN HUANCA DE COLECCIÓN *
Carlos
Batalla
Pintor Josué Sánchez nos abre las puertas de su universo
personal y artístico.
El mundo plástico de Josué
Sánchez es simbólico y ritual. Lo andino y amazónico comparten su esplendor en
un imaginario que hace de la razonada contemplación y la observación aguda los
patrones de su vida. Una visita fugaz al valle del Mantaro nos permitió conocer
el hábitat y las emblemáticas figuras del artista huanca.
En las afueras de la ciudad de Huancayo, más cerca del famoso río que enriquece el valle: el Mantaro, se encuentra el cálido hogar del pintor Josué Sánchez.
Sol que enceguece, paredes que deslumbran, ambiente que ennoblece, allí la palabra del maestro nos llega como una suave brisa que no intimida, pero sí siembra en cada uno el respeto frente a una obra mayor.
Desde su centro vital huanca, el artista cuenta que está en pleno proceso de investigación de lo que denomina “estética andina”, una larga tradición iconográfica que viene desde la época precolombina con Chavín y va hasta las manifestaciones populares más recientes.
Mundo propio. No había volumen,
todo era plano; por eso, cuando los antiguos querían dimensiones volumétricas
hacían escultura, explica. Luego anota que empezó la tarea en una iglesia a
“Pinté acompañado
por campesinos un mural entre religioso y andino, que tiene casi
Don Josué nos habla de su trabajo en medio de libros de arte, de su infaltable caballete y de sus cuadros, todos llenos de vida y color, repletos de esa mirada que el maestro parece vislumbrar desde el borde de la pasión.
Y es que apasionado lo es, por supuesto, pese a su pausada voz y carácter afable. Una prueba de ello es la aventura en el Convento de Ocopa, de los hermanos franciscanos, a pocos kilómetros de la ciudad huanca.
Mural de polendas. Allí el pintor trabajó por encargo, entre 1992 y 1993, un fresco en el techo de la biblioteca conventual, donde proyectó un plano de profunda meditación sobre símbolos actuales de doctrina, mestizaje cultural, y la presencia de la orden franciscana en la selva central.
‘Les dije que ahora los retos son, por ejemplo, el control de la ecología; menos mal que hallé comprensión en un sacerdote franciscano estadounidense, quien tenía algunas ideas parecidas a las mías”, cuenta Sánchez.
Con un rico
material documental relacionado con el mundo mítico y etnográfico de
“Pasaban agachados o evitaban cruzar por el área”, refiere, y nos confía que luego una delegación de sacerdotes reunidos en Lima se animó y fue a conocer la obra que estaba por la mitad; finalmente, apoyaron su tarea.
Lectura propia. Josué Sánchez es un convencido de la necesidad de “ver’ el país, aunque no como ciertos indigenistas tradicionales que venían a Huancayo y observaban, “bien a la corbata”, a una india que luego pintaban diestramente
El artista aboga por una mayor profundidad, hasta llegar al espíritu de la cultura andina; con eso se acercaría a la plasmación de una “estética” particular.
Sánchez cree en la cultura y su trascendencia, por eso no quiere dejar el país; al contrario, siente la ventaja de la cercanía a ese universo que lo nutre diariamente.
Hacia lo actual. Pero don Josué, como todo artista contemporáneo, mantiene también un proceso particular de expresión; la prueba es una nueva serie denominada Aliento del Tiempo, en que las obras son “simbólicas, simples y en técnica mixta de collage e impresiones”.
En estas piezas más sobrias que el resto de su obra, el pintor intenta redescubrir una época “muy difícil, la de la confrontación armada, donde estábamos casi al centro y no podíamos decir nada”, confiesa.
“Hay un cuadro que representa a una ciudad llena de calaveras, eso significa que hay tantos muertos que no sabemos si una comisión podrá graficarla bien”, detalla.
Su voto es por la vida, no por la política; por eso el artista plástico vive rodeado de sus creaciones, de sus hijos y de una hermosa huerta que cuida sin remilgos. Porque el arte y la vida son, para don Josué Sánchez, dos corrientes de agua que desembocan en un mismo lago, el lugar ideal para un auténtico vuelo creativo.
* Del Diario El Peruano, Lima, jueves 29 de noviembre de 2001
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Josué Sánchez
Por Manuel Baquerizo (Publicado en
http://www.ayllumedia.org/josuesanchez.htm
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El pintor se nutre de las emociones de la vida agrícola y comunitaria del valle del Mantaro y de las regiones de sur andino. El campesino y su horizonte ideológico aparecen en sus lienzos en estado casi virginal, no contaminados aún por las influencias de la urbe y la civilización occidental. Podría decirse que son una celebración lírica de la naturaleza y de la vida elemental, donde los hombres desenvuelven su existencia en relación permanente con las plantas, los animales y el paisaje siempre inalterable e infinito. El artista exalta la vida colectiva, el trabajo, el juego y las fiestas rituales. Por eso, su pintura tiene un entrañable sentido eglógico y un delicado toque de ternura. Sus primeros trabajos solían. captar solamente el lado amable y festivo de la vida campesina, sin caer por ello en el bucolismo. Con un imaginario plástico más rico y variado que el de los indigenistas, su pintura daba la impresión de ser una visión muy benévola y raramente patética. Pero, en los últimos años, se ha acentuado en sus obras el sentimiento de la muerte y la violencia, según es de apreciarse, por ejemplo, en los lienzos titulados «Ayacucho» y «Selva trágica». Y, sobre todo, en los que ahora reproducimos, donde se alegoriza las matanzas, el genocidio y los entierros clandestinos. La pirámide en uno de los cuadros es una especie de monumento a los miles de campesinos asesinados. En otros cuadros podemos ver a los cuervos -los heraldos de la muerte- acechando a sus presas. Todo esto, expresado, naturalmente en el marco de una visión mítico-realista. La vieja tradición andina está presente en las imágenes y los motivos estilizados tomados de los tejidos y esculturas (como las serpientes y otras figuras zoomorfas) los que le dan esa peculiar atmósfera mítica y fabulosa. En sus cuadros no es difícil descubrir la iconografía de algún tejido nazca o mochica, reelaborado -claro, es- por una sensibilidad de nuestros días.
El repertorio cristiano tiene que ver con la formación religiosa que el autor recibiera de su padre (pastor evangélico con quien vivió un tiempo en una iglesia protestante de Warivilca), y también de las circunstancias de su trabajo (la pintura de murales en las iglesias). Los motivos de inspiración bíblica se hacen visibles sobre todo a partir del fresco que pintara en Chongos Alto (1973). Lo más notable en estas obras es la transfiguración ideológica que se produce en los temas: la escena del juicio final en el mural de Morococha, por ejemplo, es una transposición mítico-religiosa de la explotación de los obreros mineros y de su esperanza en la redención social. Todo lo cual le da a su pintura una cierta tonalidad mística.
La materia narrativa no lo es todo, desde luego. Lo más importante, desde el punto de vista artístico, es que para configurar este desgarrado universo (donde se confrontan las concepciones del mundo nativo y occidental), el autor tuvo el gran acierto de transponer al arte culto y erudito el lenguaje y la forma del arte popular: la composición totalizadora, los planos superpuestos, las secuencias narrativas, la frontalidad y el uso mínimo de la perspectiva que caracterizan a los mates burilados; el colorido de los tejidos y la profusa imaginería de los bordados talqueados, amalgamando así valores locales y universales. |